lunes, 15 de septiembre de 2014

La (no tan) gran evasión

Pecata minuta
(Aula de Teatro Jus-La Rotxa)

Según se lee en la sinopsis del programa de mano, nos encontramos ante un vodevil místico para cuatro monjas que bien pueden ser cuatro adolescentes en estado de ingenuidad, cuatro almas de cántaro, que narra el anhelo de estas cuatro monjas de clausura por asomarse al mundo que les rodea. Pretenden escapar del convento en el que llevan encerradas voluntariamente veinte años. Para llevar a cabo esta escapada ingenua y adolescente, ya que lo único que quieren es salir, ver y volver de nuevo, se dejan llevar por una llamada interior y la curiosidad de ver cómo ha cambiado el mundo, lo que les empuja a excavar un túnel que comunique con el exterior del convento, justo debajo del confesionario, en la capilla del convento.
La propuesta pinta bien, a priori. Y no defrauda.
Una de las mejores medidas de las que dispongo para saber si estoy disfrutando un espectáculo, ya sea cine, teatro o lo que sea, es que el grado de disfrute es inversamente proporcional al número de veces que mire el reloj. Y si se da el caso de que no miro el reloj en ninguna ocasión, es uno de los mayores elogios que puedo dar. Y así fue en esta ocasión.
Las peripecias de las cuatro monjitas, recluidas en ese convento donde el tiempo se había detenido y en el que no podían conocer lo que ocurría en el exterior, hicieron que, para mí también, el tiempo y el mundo desaparecieran durante un rato para poder acompañarlas en ese intento de evasión. Incluso lograron que me olvidara de la incomodidad del asiento y del molesto sonido de interferencias que por momentos salía del altavoz que tenía a mi lado.
Cuatro personajes, cuatro monjas muy distintas entre sí, a las que las cuatro intérpretes han sabido dotar de credibilidad, de humanidad. Cuatro personajes que se adivinan muy bien definidos en el texto original, y que al encarnarlos muestran claramente sus diferentes personalidades y matices, su vida interior y motivaciones.
Y sería muy injusto dejar de mencionar también las esporádicas apariciones, en ocasiones hilarantes, de los otros dos personajes, las dos monjitas anónimas que completan el reparto. Uno desearía llegar a esas edades con la misma fuerza, humor e ilusión, y poder seguir haciendo teatro y disfrutando de ello. Se ve que ellas disfrutan de lo lindo.
A decir verdad, no tenía muy claro lo que iba a ver el pasado viernes en Allo. Nunca antes había visto un montaje del Aula de Teatro Jus-La-Rotxa, pero su veteranía como grupo le avalaba. Por otra parte, la sinopsis de la obra, a priori apetecible, tampoco deja del todo claro el tono de la obra, que, aun siendo comedia, podría haber tomado unos derroteros más lindantes con el drama. Y, generalmente, como público no soy demasiado amigo de los dramas.
Pero la apuesta resultó ganadora: disfruté de una muy grata velada teatral, demostrando una vez más que si hay ganas y talento, la línea entre el teatro amateur y el profesional, marcada muchas veces únicamente por los medios materiales y el renombre de las figuras en los carteles, es más fina de lo que a muchos les gustaría reconocer.

Javier Hernández Sanchiz (Taller de Teatro Kilkarrak)

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