martes, 15 de mayo de 2012

¡Que pase el público!


¡Que pase el público¡

por Javier Salvo.


Lo público es neutro, no tiene género ni clase social, no distingue generaciones, razas, nacionalidades ni ideologías. Lo público es inapropiable, es lo que pertenece a todos y todas.

El romántico Larra reconocía que el principal defecto en él era hablar sin que le pidieran opinión, entrometerse en todo. Le gustaba recorrer la ciudad, ese espacio público, sus plazas, calles, parques, mercados, cafés, librerías, restaurantes... Observaba a las personas que entraban y salían de los locales, de los portales, que paseaban, iban en coche... escuchaba sus ruidosas conversaciones, quería formarse una opinión: ¿quién es el público? y ¿dónde se encuentra?.

Lo que captaba y describe en sus artículos no merecía su respeto. Por todas partes encontraba cerrazones, gustos infundados, reacciones caprichosas, discusiones tontas, acciones sin objeto, pérdidas de tiempo, costumbres perniciosas...

Se metía en el teatro. Ahí creía que podía encontrar respuestas y conocer al público en su casa. El teatro es el templo donde el público “emite sus oráculos”[1] escribía. No le faltaba razón, es en el teatro donde el público se hace protagonista. Grotowski definía el teatro como “lo que ocurre entre actor y espectador”. Así que parece inconcebible un teatro sin espectadores, sin su presencia imprescindible. Pero si el público es un elemento esencial de la representación teatral, ¡qué pocas veces es objeto de reflexión cuando se crea, se critica o analiza un espectáculo!

No ha sido siempre así. Larra, como experto teatral, mostró muchas veces su preocupación por el público; pero  desde Aristóteles que en su poética presentaba como objetivo del teatro “purificar al espectador”, grandes teóricos se han interesado por los efectos del teatro en el público. Brech apuntaba a los sentidos con su teatro para hacer al público sensible a la política, Lorca creía que el teatro era una escuela de emociones y se debatía en la duda de un  teatro atento a los gustos escapistas del público o comprometido con una autenticidad agresiva. ¡Cómo recuerda la propuesta de Artaud! : un teatro como la peste trastornando y perturbando a la colectividad.

De todos modos siempre queda la opción frecuente de considerar al espectador como un agente externo, casi pasivo ante el hecho teatral, consumidor de ocio o de cultura, alguien  a quien (como decía Lope de Vega) “es justo hablarle en necio para darle el gusto” y buscar su “vulgar aplauso” porque él es quien paga.

El teatro de aficionados cumple un importante papel como captador de públicos. No necesita como el teatro independiente en los sesenta plantearse como objetivo revitalizar el diálogo con el pueblo. El teatro amateur representa ese diálogo directo entre actores y espectadores  porque surge del pueblo y en él encuentra sus más fervientes seguidores.

¿Qué podemos hacer para mantener la conversación?, para que los teatros se llenen no solo para ver al amigo, al pariente haciendo cosas increíbles o exponiendo sus habilidades y torpezas al escarnio público? Una compañera de teatro se lamentaba tras una función con media sala vacía en una  representación memorable, cuando la semana anterior la misma sala se había llenado hasta rebosar con conocidos de aficionados.

En todo caso la dificultad de atribuir una función al teatro en una sociedad tan heterogénea, no exime de responsabilidad al teatro de aficionados de reflexionar sobre su papel frente a la ciudadanía que lo sustenta.

No se me ocurre otra cosa que proponer que dilatar el diálogo más allá de la representación, escuchar al público, darle nuevas oportunidades de manifestar su opinión, provocar encuentros, utilizar nuestras conexiones sociales en red... pero sobre todo reflexionar internamente en nuestros grupos sobre lo que hacemos y lo que pretendemos conseguir del público, revisando nuestros objetivos.

Escuchar al público, darle voz, observar sus reacciones e interpretarlas desde distintas perspectivas teóricas puede alumbrar este camino incierto del teatro.

Las butacas vacías presionan los teatros como las audiencias a las cadenas televisivas. El teatro amateur tiene un gran argumento a su favor en esta situación pero también una gran responsabilidad con el público, con un teatro en mayúsculas que revitalice la relación con los espectadores.

Más allá de ser una oferta de entretenimiento, el teatro amateur es una oferta de expresión y comunicación social abierta, diversa, compleja como el público al que se dirige y del que nace. Un importante referente teatral en todo momento histórico, que debe ganarse esa consideración cuidando lo que hace. 




[1] Artículos selectos de Mariano José de Larra. 1995 Edicomunicación S.A.

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