lunes, 2 de enero de 2012

media luna tatuada de Kromlech. Críticas y reflexiones

Críticas publicadas a raiz del estreno de media luna tatuada del grupo aficionado KROMLECH.

Por Pedro Zabalza en Diario de noticias:

Muerte accidental de un estilista.
KROMLECH es unacompañía que no tiene reparo en calificarse como de teatro aficionado, como si la etiqueta, más que como justificación del resultado de sus trabajos,testimoniara la pasión generosa invertida en ellos.
Desde sus comienzos,el grupo de Huarte ha emprendido un camino difícil y poco habitual entre los grupos no profesionales, poniendo en escena textos de creación propia sobre temas de crítica social (165 farolas) o tan poco habituales como la obra artística de Oteiza (Operación Oteiza).Vuelven ahora con otra obra en la que renuevan su compromiso con los temas sociales. Media luna tatuada disecciona en tono de crónica cotidiana la intrahistoria del racismo y sus consecuencias muchas veces trágicas.La muerte accidental de un inmigrante argelino a manos de su jefe, el dueño de una humilde peluquería de pueblo,es el episodio que vertebra una trama en la que se ha pretendido ser fiel a la realidad y huir de maniqueísmos y de culpabilidades prejuiciosas. La obra pretende alejarse de la fácil clasificación de buenos y malos, al menos en el caso del malo, que se dibuja con la debida ambigüedad como para que juzgarle no sea sencillo.
El texto de Media luna tatuada está firmado por dos de los intérpretes, Javier Briansó y Josu Castillo, quienes, según he leído, han realizado un curso de escritura dramática para mejorar sus destrezas, lo que ya dice mucho de la seriedad con la que afrontan lo que ellos denominan afición. Han conseguido, en líneas generales, una historia abundante en situaciones cercanas, diálogos creíbles y personajes reconocibles, con cuyosproblemas es posible empatizar. Pese a una pequeña revelación final que, de todos modos, no influye en el desarrollo de la trama, Media luna tatuada no trata de disimular su previsibilidad. Más bien al contrario: el desenlace, y también gran parte del desarrollo, se anuncian en la escena inicial, lo que, a costa de sacrificar capacidad de sorpresa, incrementará el dramatismo de la acción que luego se presenta, de la que conocemos sus trágicas consecuencias antes que los personajes. Lo que se gana por un lado se pierde por otro, desde luego. La historia de la muerte de Ahmed/Óscar está enmarcada por una escena inicial, la visita de un inspector a la peluquería, que sirve para introducir el largo flashback en el que se nos cuenta la obra; y por otra escena final en la que el mismo inspector y otra compañera del asesinado resumen la, por decirlo de algún modo, lección moral del suceso. No está mal, pero tampoco tienen estas escenas una trascendencia narrativa. Sí que considero interesantes algunos detalles de escritura de la trama central, como la discusión entre el jefe de Ahmed y su mujer, en la que se capta muy bien la tensión de reconocer una pulsión racista y hasta violenta en alguien que se ama.
Las interpretaciones son meritorias, aunque todavía podrían afinarse un poco más para que suenen con la naturalidad que piden los diálogos. Destacaría el trabajo de Josu Castillo y de Ventura Ruiz, protagonistas de la escena que cito en el párrafo anterior. También me parece digno de mención el esfuerzo de Xabier Tirapu en el papel de Ahmed, sobre todo por el siempre difícil empeño de recrear un acento extranjero (aunque me permito indicar la pequeña incoherencia de que suene tal vez demasiado a árabe cuando al principio de la obra se comenta que al personaje podría tomársele por francés).
En cualquier caso, un trabajo estimable.

Por Javier Salvo
KROMLECH
Lo que Kromlech se propone es difícil. ¿Cambiar el mundo con el teatro? ¿Que los espectadores salgan del teatro transformados., inquietos, reflexivos? Igual no es eso lo que se propone pero la dificultad empieza con el hecho de poner en pie una obra propia. Los que estamos en esto del teatro sabemos lo que implica que un colectivo crea en algo con tanta fuerza, como para que cada uno de los participantes en el proyecto le entregue un trozo importante de su vida y de su ser.

No se trata de pasar el tiempo ni alimentar el ego con apuestas vanidosas, no se trata de conseguir el favor del público con risas y olvidos. Kromlech es un colectivo aficionado que círculo a círculo, con historias que salen y vuelven a nosotros, se va forjando una identidad artística cada vez más grande, más redonda.
La siguiente luna promete que será llena como un pan de pueblo o como un sol inca pero esta que han puesto en escena tiene el filo de un cuchillo y está grabada a fuego en la piel de muchos.
Que las personas no se puedan mover con libertad entre países crea problemas. Casi tantos como los que crea el capital moviéndose tan ricamente (nunca mejor dicho) por todo el mundo de bolsa en bolsa. Pero el discurso sobre la solución de estos problemas debe valorar las consecuencias y a eso parece contribuir la obra de Kromlech Media luna tatuada.
Quiero valorar sobre todo esta contribución teatral desde el punto de vista que la propia obra propone, una reflexión ética. Así la perspectiva ética me lleva a reconocer que si el arte puede ser honesto, Kromlech es un ejemplo de honestidad. Es sorprendente que el arte de la mentira y el disimulo pueda ser ejemplar en este aspecto; pero las reglas de juego de este colectivo son así: diáfanas, totalmente legibles, aunque lo hagan presentando todas las posibles verdades y abran su corazón a cada una de ellas.
La entrega a la creación también es encomiable (no encuentro adjetivo menos pomposo); ¿mejor plausible, ya que hablamos de teatro?. Todo está cuidado y tiene un sentido estético y dramático. No hace falta segmentar este trabajo redondo, basta con reconocer que lleva camino de hacerse gigante en la escena navarra y desearles muchas funciones.

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